Hackeando tu mente para liderar mejor
Ya no podemos liderar a partir de técnicas, estilos de liderazgo o manuales. El mundo cambió, y con él también la sociedad, las formas de pensar y de vincularse, y aún más las expectativas de las nuevas generaciones. Mucho de lo que funcionaba hace décadas hoy parece perder eficacia. Sin embargo, las neurociencias nos ofrecen algunas pistas para comprender cómo funcionamos y qué necesitamos identificar de nuestro cerebro y nuestra mente para convertirnos en mejores líderes.
La primera pregunta que debemos hacernos es: ¿comprender
cómo las personas deciden podría ser clave para liderar, motivar y acompañar?
En mi experiencia, la respuesta es afirmativa. El liderazgo se construye no
solo con herramientas, sino a partir de la capacidad de comprender las
motivaciones profundas de nuestros colaboradores.
Un hallazgo que resulta clave es que nuestro cerebro toma
decisiones antes de que seamos conscientes de ello. Ejemplos de esto sobran: en
Argentina, la corrida hacia la compra de dólares cuando el tipo de cambio se
acelera parece poco racional, y sin embargo ocurre una y otra vez. Durante la
pandemia observamos escenas similares con la compra masiva de papel higiénico,
alcohol en gel y alimentos básicos. Y qué decir de las ofertas “por tiempo
limitado” que nos impulsan a comprar productos que seguramente no necesitamos
—y que en muchos casos ni siquiera tienen descuentos reales—. Todo esto nos
recuerda lo que Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, advirtió: el 95%
de nuestras decisiones se producen en forma inconsciente.
¿Cómo se conforman entonces nuestras decisiones? Utilicemos
para pensarlo la metáfora del iceberg. En la superficie observamos la
conducta visible, pero lo que verdaderamente condiciona esa conducta está en su
profundidad y no se ve: hábitos, emociones, juicios, valores, creencias y
motivaciones. La mayoría de estos elementos se incorporan en los primeros años
de vida a partir de nuestra familia, nuestro entorno cultural y el contexto
social en el que crecimos. Con el tiempo, estos aprendizajes quedan grabados en
nuestras conexiones neuronales mediante procesos de neuroplasticidad.
Ahora bien, aquí viene lo más interesante: no todas las
mentes son iguales. Cada generación posee su propio sistema de recompensas,
aquello que valora, desea y persigue, marcado por su época sociocultural.
Los Baby Boomers, por ejemplo, crecieron en un mundo
donde el trabajo y la estabilidad eran pilares fundamentales. Para ellos, la
recompensa está asociada a la seguridad, al sacrificio y a la tan apreciada
estabilidad. La Generación X, atravesada por el cambio tecnológico y
social, se mueve entre la autonomía y la búsqueda de equilibrio entre lo
laboral y lo personal (work life balance). Su progreso es un valor
central, aunque a menudo viene acompañado del temor a quedarse atrás frente a
los cambios acelerados. Los Millennials rompieron moldes: valoran la
flexibilidad, el propósito y las experiencias; su recompensa está en la
posibilidad de aprender y crecer sin quedar atados a una estructura rígida. La Generación
Z, nativa digital, busca inmediatez, impacto y autenticidad; su recompensa
se asocia a experiencias significativas, diversidad y gratificación inmediata
—al estilo del “like” en redes sociales—. Y ya asoma la Generación Alfa,
que crecerá en un mundo hiperconectado y probablemente tenga un modelo mental
aún más moldeado por la tecnología y la inteligencia artificial.
Como líderes, necesitamos comprender, empatizar y conectar
con cada mente generacional. No podemos motivar a todos con el mismo
formato ni pretender que lo que funciona con un Baby Boomer tendrá el mismo
efecto en un Millennial o en alguien de la Generación Z.
Cabe preguntarnos: ¿cómo liderar a la Generación Z? A
diferencia de otras generaciones, no se sienten atraídos por hacer carrera en
una misma empresa, por más renombre que esta tenga. Necesitan feedback
frecuente y gratificación, claridad en los objetivos y sentir que lo que hacen
tiene impacto. Para inspirarlos, el líder debe ser auténtico, estar disponible
y ser capaz de reconocer acciones y logros. El acompañamiento debe ser ágil,
cercano y empático, promoviendo espacios de aprendizaje colaborativo y
experiencias que los estimulen creativamente.
Aquí es donde nuevamente las neurociencias pueden aportarnos
valor a través de hacks mentales ideados para impulsar la motivación.
Algunos ejemplos de lo que podemos implementar es establecer metas pequeñas y
claras para liberar dopamina y sostener la motivación; brindar reconocimiento
sincero; crear entornos y equipos que transmitan energía positiva para reforzar
la oxitocina (la hormona de la confianza); gestionar el estrés evitando
comparaciones o críticas excesivas; y dar autonomía acompañada de un feedback
constructivo. Del mismo modo, evitar el micromanagement y reforzar la equidad
dentro de los equipos será fundamental para cuidar el sentido de pertenencia. Como
es posible notar, son prácticas simples pero incorporadas en forma sistemática
pueden marcar la diferencia.
En síntesis, hackear la mente para liderar mejor
significa comprender que detrás de cada acción hay un modelo mental que la
sostiene, y que nuestro rol no es imponer, sino abrir espacios de comprensión y
conexión. Liderar hoy no es aplicar una técnica, sino cultivar una sensibilidad
capaz de acompañar la diversidad de mentes que conviven en la organización.
Lo cierto es que la mejor herramienta de un líder no está en su currículum, sino en su capacidad de conectar con las personas —y también con su propio poder interior—, allí donde nace la verdadera influencia.